Anna no proviene del mundo de la hostelería. Se formó como diseñadora de moda. Pero, como ella misma dice, la vida lleva por caminos distintos, y el suyo la llevó, junto a su marido, primero a un proyecto de restaurante y, más tarde, a Bellevall, una propiedad a las afueras de Aspe, en la campiña de Alicante, que con el tiempo ha crecido hasta convertirse en un restaurante, un hotel boutique de seis habitaciones, una sala de eventos y nueve cabañas privadas.
«No es un lugar cualquiera», afirma Anna. «No es solo un restaurante, no es solo un hotel, no es solo una sala de banquetes: es todo eso a la vez.»
Diseñar una experiencia, no una simple lista de habitaciones
Ese instinto por el diseño no desapareció cuando Anna dejó atrás la moda: simplemente encontró una nueva forma de expresarse. En Bellevall se aprecia en los detalles: la decoración de las habitaciones, la disposición de una mesa para un evento, la forma en que se prepara un espacio antes de que llegue el cliente.
«El diseño de interiores es muy importante a la hora de llegar al cliente, de llegar a su corazón», explica. Para los eventos, esto significa conocer bien a una pareja o a una familia para poder diseñar su celebración en torno a ellos. Para las habitaciones, significa algo más sencillo, pero más difícil de conseguir: que alguien sienta que está en un hogar familiar.
Esa misma filosofía se aplica al equipo. Bellevall no funciona con personal que va rotando: el mismo grupo de personas lleva cinco años trabajando aquí.
«Todos los que trabajan aquí son como de la familia», asegura Anna. «Nuestro valor principal son las personas que trabajan aquí.»
Uno de ellos es Elias, que se incorporó como jefe de cocina y, poco a poco, ha ido asumiendo también las relaciones públicas, la organización de eventos y, en la práctica, la supervisión de todo el proyecto: una evolución que refleja la de la propia propiedad, algo que comenzó siendo pequeño y se ha convertido en mucho más.

Cuando el crecimiento superó al cuaderno de notas
La expansión de Bellevall, del restaurante al hotel y de ahí a las cabañas, trajo consigo un problema muy conocido por muchos hoteleros independientes: las herramientas no crecieron al mismo ritmo que el negocio.
«Antes de Amenitiz, el trabajo era mucho más manual y mucho más caótico», cuenta Anna. Cada reserva, cada nota, cada detalle pasaba por una sola persona: ella. Era ella quien hablaba con los clientes, quien tomaba notas a mano y quien se aseguraba de que no se escapara nada.
Ese punto único de fallo es precisamente lo que un PMS está pensado para eliminar, y por eso Bellevall incorporó Amenitiz a medida que la propiedad crecía.
«Ahora, con el PMS, todo el mundo puede acceder fácilmente al panel de control y ver todas las notas», explica. El personal de limpieza y el equipo administrativo cuentan cada uno con su propio rol dentro del sistema. Entradas, salidas, facturación: todo visible, todo centralizado.
«El tiempo de trabajo y la imagen profesional son muy diferentes a como eran antes.»
Un solo panel de control, sin mensajes que se escapen
Para Anna, el valor no está en ninguna función concreta, sino en no tener que llevarlo todo en la cabeza.
«Tener todo integrado en un solo lugar, en el PMS, hace que todo sea mucho más sencillo», comenta. «Puedo ver todas las plataformas desde un único sitio: mensajes, reservas, opiniones. Es un auténtico alivio, por así decirlo, porque todo está muy centralizado y no se nos escapa nada.»

Lo que Bellevall quiere que los huéspedes se lleven consigo
Pese a todos estos cambios operativos, la definición de éxito de Anna en Bellevall no ha cambiado: sigue girando en torno a lo que siente el huésped al marcharse.
«Lo que queremos es que los huéspedes, las personas que vienen aquí, se vayan con un recuerdo maravilloso tanto de la comida como de los espacios y, sobre todo, que se vayan con nuestra amistad.»
La historia de Bellevall es un recordatorio de que la hostelería no consiste únicamente en los espacios que se construyen, sino también en las personas que los gestionan y en las herramientas que les permiten dedicar su tiempo a los huéspedes en lugar de al papeleo. Lo que comenzó siendo un hotel de seis habitaciones y un restaurante se ha convertido en una propiedad de nueve cabañas, con bodas, eventos y un equipo que lleva cinco años unido y que sigue sintiéndose como una familia, todo ello gestionado desde un único panel de control en lugar del cuaderno de notas de una sola persona.
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